Sobre la IIª República en el aniversario de su constitución


El siglo XIX español se caracteriza por la modernización de la sociedad española y el paso de una monarquía absolutista a una monarquía parlamentaria, en un ambiente de crisis sucesorias, golpes militares, sublevaciones e inestabilidad política y social. Así, el siglo XX español comienza con el inestable reinado de Alfonso XIII que, tras tres décadas de decadencia política y social en el marco de la pérdida de las colonias y de la dictadura de Primo de Rivera, finaliza abruptamente en abril de 1931 tras la proclamación de la Segunda República Española y el exilio del monarca. En consecuencia, se da aparentemente en España un atisbo de esperanza hacia la estabilidad social, el progreso y la democracia. Es el 9 de diciembre de ese mismo año, 1931, cuando se promulga la constitución de la segunda republica española, consolidando así el carácter del nuevo sistema que debería dar paso a un periodo de la historia de España de avances sociales y libertades.


Es innegable el carácter progresista que adquirió la Segunda República en la historia de España. De entre sus avances progresistas y democráticos se encuentran el del sufragio universal, la reforma agraria, los avances en educación y el de la defensa de las libertades individuales. Pero no hay que perder de vista el carácter burgués de la republica y su fin último, que lejos de ser el de servir al proletariado en rumbo a su emancipación, era la de mantener el orden social y económico vigente en las democracias capitalistas occidentales de la Europa de la época. No obstante, aun con esos avances progresistas en el marco de la legalidad española, fueron continuos los ataques por parte de las derechas reaccionarias y del fascismo a la legalidad vigente, siendo la violencia callejera y el terrorismo derechista el día a día en el ambiente de crispación política español. Tensión que culminó con la sublevación fascista de 1936 desembocando en una sangrienta guerra de 3 años, que también dio lugar a una dictadura fascista de 36 años cuyas secuelas postfranquistas, amparadas en “la transición” seguimos viviendo hoy en día.


Si alguna conclusión se puede sacar de aquella experiencia histórica, es que los avances progresistas que se dan en la historia, y particularmente hablando, en la historia de España, no salen gratis ni de una manera cómoda. El triunfo del progreso requiere de una lucha y defensa tenaz y constante de las capas progresistas de la sociedad ante un acecho violento y agresivo por parte de la reacción derechista y fascista que se va a oponer siempre a cualquier avance, esté o no amparado por la ley, con tal de defender sus intereses de clase. Esta lección no sólo puede apreciarse en el marco histórico de la segunda republica española sino también, en parte, en la tesitura política nacional e internacional actual.


Si ante un gobierno monárquico, socialdemócrata y populista que defiende el status quo burgués como el que tenemos actualmente, la derecha nacional no se avergüenza en tildarlo de “tiránico”, “antidemocrático” y “dictatorial” no sólo en los órganos de presentación españoles sino también ante estructuras políticas europeas e internacionales, ¿Qué no estarían dispuesto a hacer ante un gobierno auténticamente republicano, socialista y de carácter proletario?


Recordamos hoy, 9 de diciembre, no sólo el 90º aniversario de la promulgación de esta constitución, sino también el 90º aniversario del 19 de noviembre de 1931 en el que se produjo la condena parlamentaria por alta traición de Alfonso XIII por parte de las Cortes Constituyentes.


Un pedazo de historia que abrió una etapa de esperanza que nos robaron, al objeto de que nos sirva para aprender que precisamos de mayor organización, mayor firmeza y mayor decisión, y que es casi una obligación que cada persona con conciencia de clase dé un paso adelante para formarse, para militar, y para que por encima de nuestras diferencias seamos capaces de trabajar para construir un país mejor en el que poder vivir, envejecer, y morir dejando un bello legado a las generaciones futuras. Nuestros abuelos y bisabuelos pudieron, y nosotros o nuestros hijos podremos.



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